sábado, 15 de noviembre de 2014

Los primeros filósofos jonios: Anaximandro



Otro filósofo milesio fue Anaximandro. Parece que era más joven que Tales, pues Teofrastro lo describe como un “discípulo y compañero” de Tales. Igual que él, Anaximandro se ocupó en cuestiones de ciencias prácticas, y se le atribuye la construcción de un mapa -probablemente para uso de los milesios que navegaban por el mar Negro-. Participó en la vida política, lo mismo que tantos otros filósofos griegos, y condujo una expedición colonizadora a Apolonia.
Anaximandro compuso una obra en prosa sobre sus teorías filosóficas. Esta obra se conserva todavía en tiempos de Teofrasto, a quien debemos valiosas informaciones acerca del pensamiento de Anaximandro. Buscó Anaximandro, como Tales, el elemento primordial y básico de todas las cosas; pero decidió que ese elemento no podía ser ninguna clase particular de materia, tal como el agua, puesto que el agua, o lo húmedo, era en sí mismo uno de los “contrarios” cuyos conflictos y recíprocas invasiones había que explicar. Si el cambio, el nacimiento y la muerte, el crecimiento y la decrepitud, se debe a un conflicto, al auge de un elemento a expensas de otro, entonces -si se supone que todo es en realidad, en el fondo, agua- resulta difícil entender por qué los demás elementos no han sido disueltos desde hace ya mucho tiempo por el agua. Anaximandro llegó, pues, a concebir que el elemento primero, el Urstoff, era indeterminado. Era más primitivo que los opuestos, por ser aquello de lo que éstos salían y a lo que volvían al corromperse.
Este elemento primigenio (αρχή ) fue llamado por Anaximandro -y, según Teofrasto, él fue el primero en darle tal nombre- la causa material. “No es ni el agua ni ningún otro de los elementos, sino una naturaleza diferente de ellos e infinita, de la cual proceden todos los cielos y los mundos en éstos encerrados”. Es τό απειρον , la sustancia sin límites. “Eterna y sin edad”, “abarca todos los mundos”.
Las irrupciones de un elemento sobre los otros son presentadas poéticamente como ejemplos de injusticia: el elemento cálido comete una injusticia en verano, y el elemento frío en invierno. Estos elementos determinados reparan sus injusticias al ser reabsorbidos en el seno de lo Indeterminado-sin límites. He aquí un ejemplo de cómo se hace extensiva, desde el ámbito de la vida humana al universo en general, la concepción de la ley.
Hay una pluralidad de innumerables mundos coexistentes. Cada uno de ellos es perecedero, pero parece ser que hay un número ilimitado de ellos que existen simultáneamente, viendo los mundos a la existencia en virtud de un movimiento eterno. “Y, además, había un movimiento eterno en el que se engendraban los cielos”. Este eterno, movimiento parece haber sido una απόxρισις o “separación clasificatoria”, una especie de criba como la que hallamos en la doctrina pitagórica reseñada en el Timeo de Platón. Luego que las cosas fueran separadas unas de otras, el mundo, tal como nosotros lo conocemos, se formó mediante un movimiento arremolinado a δίνη --los elementos más pesados, que eran la tierra y el agua, permanecían en el centro del remolino, el fuego salía despacio hacia la circunferencia y el aire quedaba en medio. La tierra no es un disco, sino un cilindro de poca altura, “como un tambor de columna”.
La vida salió del mar, y las formas actuales de los seres vivientes son el resultado de su progresiva adaptación al medio ambiente. Anaximandro hace una audaz y aguda conjetura sobre el origen del hombre: “...dice también que en el principio nació el hombre de animales de otra especie, pues mientras los demás animales encuentran muy pronto de qué alimentarse, solamente el hombre necesita un largo período de lactancia, por lo que, si originariamente hubiese sido como es ahora, nunca habría podido sobrevivir”. Lo que no aclara -¡dificultad siempre para los evolucionistas!- es cómo sobrevivió el hombre durante la fase de transición.
Así, pues, la doctrina de Anaximandro supone un adelanto con relación a la de Tales: superando la designación de un elemento determinado como primordial, llega a concebir un infinito indeterminado, del que provienen todas las cosas. Más aún, intenta por lo menos responder de algún modo a la cuestión de cómo evolucionó el mundo a partir de aquel elemento primero.

Friedrich Nietzsche: El problema de Sócrates; Aforismo I


Sobre la vida los más sabios han juzgado igual en todas las épocas: no sirve para nada... Siempre y en todas partes se ha oído de su boca el mismo tono, un tono lleno de duda, lleno de melancolía, lleno de cansancio vital, lleno de resistencia contra la vida. Hasta Sócrates dijo cuando murió: <<Vivir significa estar enfermo largo tiempo: le debo un gallo a Esculapio el salvador>>. Hasta Sócrates estaba harto. ¿Qué demuestra esto? ¿Qué muestra esto? Antes se habría dicho (¡oh, se ha dicho, y bastante alto, y nuestros pesimistas los primeros!):<<¡Ahí tiene que haber en todo caso algo de verdad! El consensus sapientium1 demuestra la verdad>>. ¿Seguiremos hablando así hoy en día?, ¿nos es lícito? <<Ahí tiene que haber en todo caso algo de enfermedad>>, damos nosotros por respuestas: a esos que son los más sabios de todas las épocas, ¡se debería empezar mirándolos de cerca! ¿Podría suceder que a todos ellos ya no les sostuviesen bien las piernas?, ¿que fuesen tardíos?, ¿tambaleantes?, ¿décadents? ¿Podría ser que la sabiduría apareciese en este mundo como un cuervo al que entusiasma un pequeño olor a carroña?..

1<<El consenso de los que saben>>

viernes, 14 de noviembre de 2014

Historia de México; En el principio fueron las islas



Antes de considerar los acontecimientos iniciales debemos ver el contexto en que ocurrieron. Este asunto nos remite a la expansión de la economía y la cultura europeas a partir de las explotaciones marítimas portuguesas que, desde mediados del siglo XV, llevaron a establecer enclaves comerciales en algunos puntos de las costas de África, India y el Sudeste asiático, así como a ocupar Cabo Verde, las Azores y otras islas del Atlántico. Estos movimientos estuvieron alentados por la demanda europea de especies y seda, y en el caso de las islas por el interés en la caña de azúcar. Como algunas de estas islas estaban deshabitadas y en otras se diezmó a la población nativa, la economía azucarera se construyó sobre la base del trabajo esclavo. Así, el primer movimiento significativo de población que ocurrió en este contexto fue el de los esclavos de las costas de Guinea y Angola comprados por los portugueses, y a veces capturados por ellos mismos, para trabajar en esas islas. Los castellanos reprodujeron, en las islas Canarias, las actividades de los portugueses.
El deseo de los reyes de Castilla y Aragón de participar en los circuitos comerciales que se estaban formando los llevó en 1492 a financiar el viaje de Cristóbal Colón en busca de la India, con los resultados que son bien conocidos. La ocupación española de Cuba, Jamaica, Santo Domingo y Puerto Rico fue una réplica de la experiencia de las Canarias: ocupación violenta, producción de azúcar, colapso de la población nativa e introducción de esclavos africanos. Pero hubo algo diferente: el interés castellano por emigrar a esas tierras, formar asentamientos fijos y con un gobierno formal, crear un orden jurídico, mantener lazos con la tierra de origen, trasladar ganados y emprender diversas actividades agrícolas y finalmente reproducir en lo posible el entorno cultural y social de Castilla. Esto se explica porque este reino tenía un crecimiento demográfico alto y una economía incapaz de satisfacer las necesidades de gran parte de su población. Más tarde fueron los portugueses quienes siguieron los pasos de los castellanos, reproduciendo el proceso en las costas de Brasil.
Estos acontecimientos, que siguieron al sometimiento de los musulmanes de la península iberíca, coincidieron en 1492 con la consolidación de la monarquía en las coronas de Castilla y Aragón, reafirmada al poco tiempo con el ascenso al trono de Carlos I de Habsburgo, quien habría de ser, con el nombre más difundido de Carlos V, emperador en Alemania. Respaldada por su unificación dinástica, la fuerza de su nuevo rey y las ventajas económicas obtenidas de América, los reinos de España se encaminaban a integrar la potencia dominante del mundo europeo. Este prospecto se hizo realidad con la conquista de México y luego con la de Perú, resulta del avance de los españoles más allá de las islas, es decir, en el continente propiamente dicho.
Al mismo tiempo el continente americano, aún no llamado de este modo pero sí definido como las Indias o Nuevo Mundo, empezaba a participar de un circuito de intercambios que abarcaba al planeta e involucraba a personas, animales, plantas, metales, manufacturas y todo lo asociado con ello, desde las enfermedades hasta la cultura. Naturalmente, tales movimientos se manejaron de modo de satisfacer los intereses europeos, o españoles en particular, y de ello derivó la situación de dependencia que marcó a América en los siglos por venir. De ahí, y del interés de los españoles por colonizar, deriva el adjetivo de colonia que se aplica a este periodo de la historia.

Primera ley de Newton del movimiento


La idea aristotélica de que un objeto en movimiento debe estar impulsado por una fuerza continua fue demolida por Galileo, quien dijo que en ausencia de una fuerza, un objeto en movimiento continuará moviéndose. La tendencia de las cosas a resistir cambios en su movimiento fue lo que Galileo llamó inercia. Newton refinó esta idea de Galileo, y formuló su primera ley, que bien se llama ley de la inercia. En los Principia de Newton (traducido del origen en latín):

Todo objeto continúa en su estado de reposo o de movimiento uniforme en línea recta, a menos que sea obligado a cambiar ese estado por fuerzas que actúen sobre él.

La palabra clave de esta ley es continúa: un objeto continúa haciendo lo que haga a menos que sobre él actúe una fuerza. Si está en reposo continúa en un estado de reposo. Esto se demuestra muy bien cuando un mantel se retira con habilidad por debajo de una vajilla colocada sobre una mesa y los platos quedan en su estado inicial de reposo. La propiedad de los objetos de resistir cambios en su movimiento se le llama inercia.
Si un objeto se mueve, continúa moviéndose sin girar ni cambiar su rapidez. Esto se ve en las sondas espaciales que se mueven continuamente en el espacio exterior. Se debe imponer cambios del movimiento contra la tendencia de un objeto a retener su estado de movimiento. En ausencia de fuerzas netas, un objeto en movimiento tiende a moverse indefinidamente a lo largo de una línea recta.

jueves, 13 de noviembre de 2014

La evolución antes de Darwin



La idea de que los organismos pueden a través del tiempo y que un tipo de organismo da origen a otro tipo de organismo es antigua, anterior a Aristóteles. Una escuela de filosofía griega, fundada por Anaximandro (611-547 a.C), que culminó con los escritos del filósofo y poeta latino Lucrecio (99-55 a.C) desarrolló no sólo una teoría atómica, sino también una teoría de la evolución, ambas sorprendentemente similares a los conceptos actuales. El trabajo de esta escuela, sin embargo, era en una gran medida desconocido en Europa en el momento en que la ciencia de la biología, según la conocemos actualmente, comenzó a tomar forma.
 En el siglo XVIII, el francés George-Louis Leclerc de Buffon (1707-1788) se ubicó entre los primeros científicos en proponer que las especies podrían sufrir cambios en el curso del tiempo. Sugirió que además de las numerosas criaturas producidas por la creación divina en el comienzo del mundo, “hay familias menores concebidas por la Naturaleza y producidas por el Tiempo”. Buffon creía que estos cambios tenían lugar por un proceso de degeneración. De hecho lo resumió, diciendo: “...el mejoramiento y la degeneración son una misma cosa dado que ambas implican una alteración en la constitución original”. La hipótesis de Buffon, aunque era vaga respecto a cómo podían ocurrir los cambios, intentaba explicar la desconcertante variedad de criaturas del mundo moderno.
Entre aquellos que dudaban que las especies fueran fijas y no cambiasen estaba Erasmus Darwin (1731-1802), el abuelo de Charles, Erasmus Darwin era médico, naturalista y escribía prolíficamente, con frecuencia en verso, sobre temas de botánica y zoología. Sugirió, fundamentalmente en acotaciones y notas al pie de página, que las especies tienen conexiones históricas entre sí, que los animales pueden cambiar en respuesta a su ambiente y que su progenie puede heredar estos cambios. Sostenía, por ejemplo, que un oso polar es un oso “común” que por vivir en el Ártico se ha modificado y ha pasado estas modificaciones a sus oseznos. Estas ideas nunca fueron formuladas con claridad, pero son interesantes a raíz de sus posibles efectos sobre Charles Darwin, aunque este último, nacido después de la muerte de su abuelo, no parecía tenerlas en gran estima.

Los tres estados de la materia


Al menos en principio, todas las sustancias pueden existir en tres estados; sólido, líquido y gaseoso. Los gases difieren de los líquidos y sólidos en la distancia que media en las moléculas. En un sólido, las moléculas se mantienen juntas de manera ordenada, con escasa libertad de movimiento. Las moléculas de un líquido están cerca unas de otras, sin que se mantengan en una posición rígida, por lo que pueden moverse. En un gas, las moléculas están separadas entre sí por distancias grandes en comparación con el tamaño de las moléculas mismas.
Son posibles las conversiones entre los tres estados de la materia sin que cambie la composición de la sustancia. Al calentar un sólido (por ejemplo, el hielo) se funde y se transforma en líquido (agua). (La temperatura a la que ocurre esta transición se denomina punto de fusión.) Su calentamiento adicional convierte al líquido en un gas. (Esta conversión sobreviene en el punto de ebullición del líquido.) Por otra parte, el enfriamiento de un gas hace que se condense en la forma de líquido. Al enfriar adicionalmente este líquido, se congela a su forma sólida. Advierta que las propiedades del agua son únicas entre las sustancias comunes, ya que las moléculas en su estado líquido están más cerca unas de otras que en el estado sólido.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Galileo y la Torre Inclinada


Fue Galileo, el principal científico de principios del siglo XVII, quien dio crédito a la idea de Copérnico de una Tierra en movimiento. Lo logró desacreditando las ideas aristotélicas sobre el movimiento. Aunque no fue el primero en señalar los problemas en las ideas de Aristoteles, sí fue el primero en ofrecer refutación contundente mediante la observación y el experimento.
Galileo demolió con facilidad la hipótesis de Aristóteles acerca de la caída de los cuerpos. Se dice que Galileo dejó caer objetos de varios pesos desde lo más alto de la Torre inclinada de Pisa, y luego comparó las caídas. Al contrario de la aseveración de Aristóteles, Galileo encontró que una piedra con el doble de peso que otra no caía con el doble de rapidez. A excepción del pequeño efecto de la resistencia del aire, encontró que los objetos de distinto peso, cuando se suelta al mismo peso, caían juntos y llegaban al suelo en el mismo momento. Se dice que en una ocasión Galileo reunió a un gran número de personas para que atestiguaran la caída de dos objetos de distinto peso que lanzaría desde lo alto de la torre. Dice la leyenda que muchos de quienes observaron que los objetos llegaban al suelo al mismo tiempo, se mofaron del joven Galileo y continuaron apegándose a las enseñanzas aristotélicas.